Mediante un humor negro, incluso macabro, Peter Berg (director y autor del guión) somete los estereotipos de la vida americana a un tratamiento irreverente. A una demolición desenfrenada. Tres ejemplos, tomados al azar:
1) los preceptos religiosos que, según Adam, deben observarse a la hora de enterrar los cadáveres;
2) la oración fúnebre que improvisa Kyle de noche, en el desierto;
3) Adam y Michael Berkow constituyen la mejor plasmación cinematográfica del mandamiento bíblico «amaos como hermanos»

Robert Boyd (Christian Slater) es un comunicador, ha realizado cursos de autoayuda y dispara una verborrea arrolladora. Adam Berkow (Daniel Stern) es el adalid de la nueva religiosidad (que, por cierto, no tiene nada de nueva: se trata de un refrito, o un reciclado, de los dogmas más trasnochados). Kyle es un pelele manejado por Robert y por la novia, dice amén a todo. Laura sueña con una boda de lo más convencional. Es una chica tan, tan estándar que sólo falta que la veamos leyendo el Cosmopolitan

En esa selección de personajes, los más normales, los más «listos» son los más monstruosos: Robert Boyd y Laura. Y no es ninguna casualidad que acaben enfrentándose. Robert Boyd utiliza el lenguaje y las dotes de comunicador para manipular a los demás. Su actitud, en apariencia desenvuelta, no es más que una máscara de las peores intenciones. Laura, por su parte, está dispuesta a hacer lo que sea preciso para llegar el día señalado ante el altar. Lleva muchos años concentrada en dicho objetivo. Y, una vez alcanzado, exige más sangre para hacer de Kyle un hombre nuevo adaptado por entero a sus caprichos. La ambición de Laura origina la última catástrofe. El final es atroz. El sueño americano acaba en pesadilla

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